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Baden Powell, yihadismo y calamares. De la importancia del carácter

marzo 28, 2015 by

La capacidad operativa sin virtud cívica nos lleva a la catástrofe.

Protágoras

Nos disponemos a publicar Mis aventuras como espía, de Robert Baden-Powell, cuando el terrorismo yihadista se ha instalado en el imaginario colectivo como una de las amenazas más graves para las democracias liberales. Pues bien, aunque el yihadismo y el movimiento escultista mundial, fundado por Baden-Powell, representan valores opuestos, de la comparación de sus fundamentos emergen algunas interesantes semejanzas.

En su prólogo a Mis Aventuras como Espía, Juan Carlos Castillón cuenta cómo en el siglo XIX las sociedades industrializadas asistieron al surgimiento de los jóvenes como grupo social independiente. Sin otra responsabilidad que formarse, este colectivo acusaba una falta de propósito que lo hacía vulnerable a lo que la moral victoriana calificaba de vicios urbanos y conducta desordenada. En ese escenario, señala Castillón, Baden-Powell se entregó a una cruzada para regenerar a los jóvenes y encarrillarlos en valores como “el sacrificio, la disciplina, la abstinencia, la castidad, el patriotismo y, sobre todo, la obediencia a las jerarquías naturales de la sociedad”.

En el siguiente pasaje del prólogo basta con reemplazar “ingleses” por “yihadistas” e “Inglaterra” por “Estado Islámico” para reconocer, salvando las distancias, las similitudes entre la moral victoriana y la yihadista:

(…) los ingleses se habían dado un Dios a imagen y semejanza de como ellos creían ser. Era un Dios duro, pero justo –al menos con la gente correcta y un poco menos con las razas no inglesas, que no esperaba al otro mundo ni a la hora de juzgar ni a la de condenar. Un Dios que premiaba la iniciativa, castigaba el vicio y la decadencia, que colocaba a cada cual en su lugar dentro de la sociedad inglesa y a Inglaterra en su lugar en lo más alto de la jerarquía de las naciones. Era un Dios digno de la Inglaterra victoriana, un completo coñazo que interfería en tu vida personal, imponía todo tipo de cargas a la vida familiar y exigía, como el del Viejo Testamento, una completa obediencia. Pecar en Inglaterra era un problema de Estado.

Con el tiempo el escultismo fue atemperando sus pretensiones redentoras y aires filo-militares, y a Baden-Powell se lo recuerda por su legado políticamente correcto. Del yihadismo no cabe esperar una evolución parecida, pues es totalmente dependiente de la barbarie como modus operandi y técnica de propaganda.

Además, mientras el escultismo aspira a la forja del carácter, el yihadismo alienta su desintegración. A bote pronto, asociamos el carácter a una serie de atributos: determinación, perseverancia, valor, integridad, autonomía, tolerancia a la frustración… Es una noción imprecisa que enriquece y se emparenta con otras cualidades:

La facultad de traer de vuelta a discreción una atención errática una y otra vez, está en la raíz del criterio, el carácter y la voluntad. William James

Una definición de la madurez es la prolongación del lapso entre impulso y acción. Daniel Goleman

En ausencia de carácter, el terco se cree perseverante, el temerario valiente y el impulsivo determinado. En su presencia, resplandece lo mejor de nuestra humanidad. Ejemplos de genuino carácter son los líderes de movimientos de resistencia y desobediencia civil no violenta (Gandhi, Rajagopal, San Suu Kyi, Mandela, etc.), que transmutan el miedo y el rencor en compasión y sabiduría. A la larga, estas figuras prevalecen sobre sus opresores. La Torá dice: “¿Quién es poderoso? Quien domina sus pasiones”.

En las antípodas del carácter, estaría la fe extremista. A este respecto, el historiador británico Peter Watson sostiene que el fanatismo suele prosperar entre los más jóvenes e ignorantes (sobre todo varones) “debido a que no requiere ningún trabajo o conocimiento, ofrece la promesa de resultados rápidos y, claro, promete la camaradería, la pertenencia”.

En contraste con el carácter, el ethos neoliberal ensalza actitudes como el individualismo y la codicia, y las condimenta con otras dignas de mejor causa: el emprendimiento, la industriosidad, la resiliencia, etc. Además, reemplaza la austeridad y el ascetismo de la ética protestante por el hedonismo y la ostentación. Pero quizá el rasgo distintivo del ethos neoliberal es su desprecio por el atributo más preciado del carácter: la filantropía (en su sentido original de amor al género humano).

El carácter, con su dimensión filantrópica, es el eje de doctrinas filosóficas que han indagado con gran perspicacia sobre la condición humana. Por ejemplo, en el pensamiento confuciano, la virtud central es ren, que designa, a falta de una traducción precisa, la “naturaleza humana verdadera”, “la calidad humana”, la “humanidad perfecta”, la “benevolencia”, etc. El ren es una aspiración, un ideal inalcanzable de conducta moral al que debemos tender cultivando el amor al prójimo y el sentido de reciprocidad. Seguir la senda del ren supone comprometerse al aprendizaje incansable, la obediencia de los ritos y la práctica de la indulgencia.

Sin el amor al estudio, cualquier deformación es posible: el amor al ren se vuelve estupidez; el amor al saber, confusión; el amor a la honestidad, perjuicio: el amor a la rectitud, intolerancia; el amor a la valentía, rebelión; el amor al rigor, fanatismo. (Analectas, XVII, 8)

El confucianismo, el taoísmo y el budismo hace milenios que debaten sobre el carácter, y la síntesis de esa discusión tiene su expresión más popular en el cine de artes marciales de Hong-Kong. La imagen de un maestro del Kung-fu mortificando a su discípulo hasta que domina la ira y el dolor es un cliché que no ha perdido su capacidad de sugestión para adolescentes de todo el mundo.

Un par de siglos después que Confucio, Aristóteles acuñaba las tres dimensiones del carácter (Ethos): phrónesis (sensatez o sabiduría práctica), areté (virtud) y eunoia (benevolencia).

El Corán no se aparta del guión: “Esos que dan en los momentos de desahogo y en los de estrechez, refrenan la ira y perdonan a los hombres. Dios ama a los que hacen el bien. (Corán: 3/134)”.

La comparación entre carácter y ethos neoliberal viene a cuento de un artículo de Slavoj Žižek en respuesta a la masacre de Charlie Hebdo, donde el filósofo esloveno sugiere que el terrorismo yihadista es un retoño (o tumor) del orden neoliberal, y descarta que sus militantes sean fundamentalistas*, pues carecen de la profunda indiferencia de quienes lo son de verdad hacia el estilo de vida de los no creyentes. Mientras los budistas tibetanos a quienes el filósofo pone como ejemplo de fundamentalistas auténticos se compadecen de los occidentales y su búsqueda desesperada de la felicidad hedonista, los terroristas yihadistas están: “profundamente molestos, intrigados, fascinados, por la vida pecaminosa de los no creyentes. Uno puede sentir que, en la lucha contra el pecado de los otros, están luchando contra su propia tentación”.

Así pues, los jóvenes yihadistas estarían presos de frustración y rencor hacia las sociedades que, debido a su origen, les niegan la posibilidad de encarnar los ideales de éxito material y social que han interiorizado. Si el ethos neoliberal expresa la corrosión del carácter, la psicología del yihadista representa la corrosión de la corrosión.

Por descontado, cualquier ideal de carácter está social y políticamente construido, y su reivindicación en las doctrinas morales persigue el control social. Anthony Burgess lo expresa de manera elocuente:

La maldad pertenece a la personalidad (…). El gobierno, los jueces, la iglesia y la escuela no permiten el mal porque no permiten la personalidad.

Pero dejemos la crítica del discurso del poder para otra ocasión, y conjeturemos si el carácter, por problemática que sea su definición, supone una ventaja evolutiva, y en condiciones de enorme presión ambiental, una condición para la supervivencia. Para ilustrar esta ocurrencia sociobiologista, consideremos el caso de los calamares. Son seres muy inteligentes y tienen comportamientos hasta cierto punto sociales: a menudo cazan en grupo, lanzando ataques coordinados sobre sus presas. Sin embargo, cuando un individuo resulta malherido, el resto de la jauría se lanza sobre él a devorarlo. Caníbales como los neoliberales, los calamares han sobrevivido decenas de millones de años, pero no han prosperado gran cosa. En parte porque en el medio acuático no se dan las condiciones para que puedan desarrollar mucho más su inteligencia; en parte, según algunos etólogos, por su feroz individualismo. En otras palabras, si los calamares se hubieran forjado un carácter, quizá hoy comerían humanos a la romana.

Si la mediocre trayectoria de los calamares expresa un potencial frustrado, ¿por qué el ethos neoliberal se empeña en promover la manera de operar de estos cefalópodos? ¿No deberíamos preguntarnos por qué las antiguas culturas, aún más violentas y desiguales que la nuestra, situaban el carácter en el centro de sus doctrinas? ¿Aprendieron quizá que era una condición para la supervivencia?

Contemporáneo de Baden-Powell, el sacerdote estadounidense Ethelbert Talbot acuñó la máxima que inspiró a Pierre de Coubertin: “Lo importante no es vencer, sino participar”. Si Talbot exaltaba el fair play, en los años 30 del siglo XX el entrenador de fútbol americano Henry “Red” Sanders se mofaba del juego limpio al proclamar: “Ganar no es todo, es lo único”.

El lema de Sanders decretaba la obsolescencia del carácter y del fair play y presagiaba los modales del nuevo orden neoliberal, retratados con lucidez por Sami Naïr:

Marine Le Pen acaba de declarar, en una emisión de radio el 10 de diciembre, que aprueba la tortura siempre y cuando se trate de recabar informaciones que “permitan salvar vidas civiles”. (…) Es el mismo argumento que ofrecen los verdugos de Abu Ghraib en Irak, o los gestores de los campos de tortura de Guantánamo (…). La CIA ha torturado en Irak y en otros países; lo ha hecho con la complicidad de ciertos estados europeos (…) El problema es que, utilizando la tortura, deja de apreciarse lo que diferencia a los contraterroristas del Estado de los terroristas sin Estado. En ambos casos, encontramos la barbarie como regla de conducta. Y ésta se ha vuelto un elemento del clima malsano en el cual políticos como Marine Le Pen pueden florecer libremente…

En un mundo donde la tecnología hace posibles todas las distopías, el carácter podría ser un bien tan precioso como el agua que bebemos y el aire que respiramos. Porque sin carácter, ¿qué posibilidades hay de detener la metástasis del tumor yihadista? Y si se restituye el carácter, ¿dónde queda el neoliberalismo?

Karlo Chjeidze, menchevique e impulsor del marxismo en Georgia, escribió en 1913 que “el leninismo descansa por completo en estos momentos en la mentira y la falsificación y lleva en su seno el elemento emponzoñado de su propia desintegración” . Si reemplazamos ‘leninismo’ por ‘neoliberalismo’ la frase de Chjeidze recobra su frescura y poder de sugestión. Quizá la derrota del yihadismo es inevitable en la medida en que también lo es la del neoliberalismo, su razón de ser.

A saber qué díría Baden-Powell, un caballero en toda regla, del mundo de hoy. En cualquier caso, Mis aventuras como espía destila auténtico carácter. A su autor pueden reprochársele muchas cosas, pero llevaba en su seno el elemento benévolo de su eterna reivindicación.

 


 

* Žižek entiende por fundamentalismo una actitud que parece corresponderse con la siguiente acepción del término en el DRAE: “Exigencia intransigente de sometimiento a una doctrina o práctica establecida”.

 

 

 

 

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cartas, Sin categoría, sueños

Una carta de Phillip K. Dick sobre los sueños y sus poderes proféticos

marzo 3, 2015 by

Hace treinta y tres años, el 2 de Marzo de 1982, murió Phillip K. Dick, no solo el más grande escritor de ciencia ficción que jamás existiera, sino uno de los más grandes de cualquier género. Sea o no cierto (yo creo que lo es), no hay discusión sobre un punto: nadie como Dick ha conseguido expresar la perplejidad de una mente enfrentada a los desórdenes del tiempo, del espacio, de su propia naturaleza, o las tres cosas juntas (como ocurre en Ubik, que vendría a ser algo así como un cruce entre Kant y los cómics de Marvel, regado con mucho LSD). De la conversión desde las laberínticas (y muchas veces desopilantes) historias de CF de sus comienzos a las cruentas interrogaciones metafísicas de sus obras finales, se ha escrito muchísimo; en su mayor parte acerca de lo que Dick llamó 02.03.74 y que no fue otra cosa que su experiencia mística (para algunos de sus fans) o un episodio psicótico (para el resto) y que Dick resumió así:

En ese instante, mientras miraba fijamente el signo centelleante del pez y escuchaba sus palabras, de repente experimenté lo que después supe se llamaba anamnesis—una palabra griega que significa literalmente “pérdida del olvido”. Me acordé de quién era y dónde estaba. En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, todo tuvo sentido para mí. Y no solo pude recordarlo, sino que pude verlo.

¿Qué vio? Pues que el mundo no existía o, por lo menos, no existía de la forma en que lo percibíamos, porque el mundo se había detenido el siglo primero de nuestra era y nuestra realidad no es más que una grosera falsificación, una compleja niebla que esconde el hecho fundamental: aún vivimos en el imperio romano. Dick dedicó los siguientes 8 años (y cerca de 3.000 páginas y cuatro de las novelas más extrañas y poderosas jamás escritas) a explorar esa intuición (o revelación, como se prefiera) en un diario que llamó Exégesis (y que el editor del primer tomo publicado,  Jonathan Lethem, describió como algo “absolutamente sofocante, brillante, repetitivo y contradictorio. Solo podría contener el secreto del universo”). La carta que sigue, curiosamente, fue escrita unos meses después de este momento de iluminación.

Y aquí hay uno de muchos vídeos en los que PKD explica su particular concepto de lo que la realidad es (y lo que no es, claro). El original de la carta, por cierto, vive aquí (de ahí sacamos las imagenes de más abajo). Hay un artículo estupendo sobre Dick en Jot Down y otro de Rodrigo Fresán en Página12.

Querida Claudia,

Desde la última vez que te escribí (la carta de siete páginas a Pedro Fitting, que iba acompañada de la carta de dos páginas para ti) he seguido teniendo el mismo sueño que ya te conté, una y otra vez: Frente a mí se alzaba un libro vasto e importante que yo tenía que leer. Ayer, por ejemplo, aprovechando que Tessa y Christopher se habían ido a pasar el día al campo, dormí varias siestas y tuve cuatro sueños en los cuales aparecían cosas impresas, de las cuales dos resultaron ser libros.

Durante tres meses, prácticamente casi cada noche he tenido sueños que incluyen material escrito. Y en los últimos días se hizo evidente que se me señalaba un libro específico. Que el fin último de estos sueños era llamar mi atención sobre un libro real que existía en algún lugar del mundo real, que yo lo iba a encontrar, y a continuación, lo iba a tomar y a leer.

El primer sueño, el 4 de julio, fue mucho más explícito que cualquiera que hubiera tenido antes; yo sacaba mi copia de Yo no temeré mal alguno, de Robert Heinlein, un gran libro azul de tapa dura y edición inglesa, para enseñársela a dos hombres. Ambos dijeron que este no era un libro (o no era el libro) que les interesaba. Sin embargo, estaba claro que el libro que ellos querían era grande y azul y tenía tapa dura.

En un sueño de hace un mes me las arreglé para ver parte del título; terminaba con la palabra “Grove”. En ese momento yo pensé que podría ser A la sombra de las muchachas en flor, de Proust, pero no fue así; sin embargo, había una palabra larga similar a “Budding” antes de “Grove”. 1

Así que yo sabía por la primera parte de la jornada de ayer que estaba buscando un gran libro de tapa dura y color azul –muy grande y largo, de acuerdo con algunos sueños; interminablemente largo, de hecho– cuyo título terminaba con la palabra “Grove” y a esta la precedía una palabra que sonaba como “en ciernes”.

En el último de los cuatro sueños de ayer daba un vistazo al pie de imprenta en el libro y otro a la tipografía. Estaba fechado en 1966 o, más probablemente, en 1968 (esto último resultó ser el caso). Así que empecé a estudiar todos los libros que tenía en mi biblioteca que podrían ajustarse a estos requisitos. Tuve la gran intuición de que cuando al fin lo encontrara, tendría en mis manos un libro de sabiduría místico u oculto o religioso que sería también una puerta a la realidad absoluta detrás de todo el universo.

Por supuesto, existía también la posibilidad de que yo no tuviera el libro en mi biblioteca, y que tuviera que salir a comprarlo. En varios sueños ocurría que pasaba por una librería para hacer precisamente eso. Una vez ocurría que el libro se sostenía frente a mis ojos y sus páginas estaban totalmente chamuscadas por el fuego. Razón de más para que lo considerara un libro muy sagrado, tal vez aquel del que se habla en el Libro de Daniel.

Como sea, hoy revolví la casa durante todo el día, aprovechando que Tessa estaba en cama, insolada, y de repente me encontré el libro. Después de tres meses, la búsqueda había terminado por fin.

Tan pronto cogí el libro de la estantería, comprendí que era el libro correcto. Lo había visto una y otra vez, cada vez con mayor claridad, de modo que no podía estar equivocado.

El título del libro era La sombra del bosquecillo floreciente2, la tapa dura y de color azul, y lo llenaban poco menos de 700 páginas atiborradas de tipografía diminuta. Había sido publicado en 1968. Es el libro más aburrido en el mundo; traté de leerlo cuando me lo envió El club de los libros que buscan libros, pero no fui capaz.

Es una biografía de Warren G. Harding.

Cordialmente,

Phil Dick

PD Esto está en un nivel, y sirve para demostrar que nunca se deben tomar los sueños demasiado en serio. O prueba que el inconsciente o el universo o Dios o cualquier otra cosa, pueden tomarte el pelo. Una broma de tres meses. (Si quieres leer el libro, te lo envío por correo. Aunque el franqueo debe costar una fortuna. ¿Segura que no tienes nada mejor que hacer en los próximos tres años?)

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  1. El segundo libro de En busca del tiempo perdido (A la sombra de las muchachas en flor) ha sido traducido en inglés como In the Shadow of Young Girls in Flower, pero también como Within a Budding Grove, que es el título al que se refiere Dick.
  2. The Shadow of Blooming Grove

 


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Jot Down: “La vida puerca, una novela depravada a la vez que tierna y divertida”

septiembre 23, 2014 by

Estupenda reseña de La vida puerca, vía Jot Down:

“La vida puerca (Libros de la Vorágine, 2014) es la historia de un hijo de puta. Así de directa es la respuesta del autor cuando se le pregunta qué nos vamos a encontrar entre las páginas de su última novela. Y la definición es perfecta.

Ocurre que Ledesma Peris, el protagonista de la historia, es un hijo de puta concienzudo, tiene un método, tiene un fin; lo que no tiene son escrúpulos, es además un personaje temerario. Y esto el lector lo percibe a pesar de que no aparece ni una sola vez en primera persona, ya que la novela nos lo describe a través de las vivencias de cuatro personajes que han tenido la mala suerte de cruzarse con él en algún momento de su vida, un encuentro que les ha dejado marcados a cada uno de modo muy distinto y que nos cuentan cada uno con un estilo literario personal y bien definido. De hecho, esta característica, mezcla de estilos narrativos que diferencia a cada personaje, contribuye a darle mayor credibilidad a la novela, casi nos creemos que lo que estamos leyendo bebe de hechos reales.

Sorprende la capacidad que tiene el autor para hacer que que le cojamos tanta tirria a alguien que no dice ni una sola frase en todo el texto. Ledesma nos parece un mal tipo, pero no tenemos el gusto de conocerle, sabemos de sus fechorías de oídas, nos solidarizamos con sus «víctimas» sin darle a él la oportunidad de explicarse. Ni falta que hace. No sabemos si que Ledesma no tenga voz constituye una crítica intencionada por parte del autor a nuestra humana obsesión por juzgar antes de conocer todos los detalles, más aún en este nuevo mundo virtual de la inmediatez en el que encontramos en la red todo tipo de reseñas buenas y malas, verdaderas y falsas, por lo que se requiere un esfuerzo de documentación extra para formarse una opinión propia, lo que provoca que muchos se queden con la que más cómoda les resulta sin profundizar en si es fiel a la realidad o no. Podemos retorcerlo todavía más y ligarlo directamente con esta nueva moda de los influencers creadores de tendencias  que, al fin y al cabo, es lo que serían para el lector los narradores de la novela, ya que sólo contamos con su opinión; nos la creemos a pies juntillas simplemente porque son ellos, porque su sufrimiento despierta nuestra empatía.

En La vida puerca se van a encontrar una novela depravada y a la vez tierna y divertida, unos personajes dóciles y a la vez manipuladores e incluso inmorales (obviamente para los estándares establecidos, quiénes somos nosotros para tachar a alguien de inmoral a estas alturas del siglo XXI), un estilo natural con toques de humor inesperados y unas localizaciones fruto de la pasión por los viajes que ha llevado al autor a recorrerse medio mundo, lo que se palpa en cada una de las cuatro partes de la historia.

El dato curioso: el título de la novela es, además de una sugerente y gráfica presentación de lo que nos espera entre sus capítulos, un guiño al escritor argentino Roberto Arlt, quien había pensado en La vida puerca como título para su primera novela, a la que terminaría llamando El juguete rabioso. Ahora bien, si se nota o no la influencia de Arlt en la narración de Minguillán es algo que deberán decidir ustedes”.


cartas

De cuando T.S. Eliot rechazó Animal Farm por trotskista

agosto 19, 2014 by

portada de la primera edición de “Animal Farm” (1945) [fuente: wikipedia]

T.S. Eliot era uno de los directores de Faber & Faber cuando, en julio de 1944, recibió el manuscrito de Animal Farm (publicado en español como “Rebelión en la granja”, vaya a saber uno por qué. ). Si no amigos, eran al menos conocidos; y a tenor de los elogios que se intercambiaron sobre sus respectivas obras  (“Conozco de memoria una cantidad respetable de los primeros trabajos de Eliot. No me senté y los aprendí, sencillamente están pegados a mi pensamiento, como cualquier fragmento de un poema cuando de verdad hace sonar la campana”, escribió Orwell en una reseña sobre Los cuatro cuartetos de Eliot; mientras Eliot, en su carta, lo compara nada menos que con Swift.) se respetaban lo suficiente como para esperar que la respuesta de Eliot fuera afirmativa. Sin embargo, Eliot rechazó el texto. El argumento resulta entre extraño y risible (…”el lado positivo de esta perspectiva, que en general yo considero trotskista, no resulta convincente.”), al menos considerado aisladamente. Es más comprensible (aunque no menos extraño) si se sabe que en ese momento, cuando la Segunda Guerra Mundial ya estaba encarrilada a favor de los aliados, aunque mucho aún no estaba decidido, la ayuda y el compromiso de los aliados rusos importaba muchísimo.

George Orwell todavía tuvo que encajar tres rechazos (y un año) más hasta que una editorial decidió publicar el libro, que finalmente apareció el 19 de agosto de 1945.

De los cientos de obras asociadas a Animal Farm o derivadas de su historia, hay como mínimo un par que merecen mención: en 1954, la CIA financió una versión en dibujos animados; en 1977, Pink Floyd basó en el libro su álbum Animals (no es uno de sus mejores discos, pero es puro Roger Waters evitando el manicomio, lo que ya lo hace mejor que casi cualquier otro disco, de casi cualquier otro momento.). Y aquí va la carta de Eliot.

De T.S. Elliot a George Orwell, 13 Julio de 1944
Querido Orwell,

Sé que querías una decisión rápida sobre Animal Farm, pero era necesaria la opinión de al menos dos directores, y para eso hace falta como poco una semana. Si no fuera porque la velocidad importaba, habría pedido al presidente que le diera un vistazo. Pero el otro director está de acuerdo conmigo en los puntos principales. Coincidimos en que se trata de una obra destacada; que la fábula está narrada con talento, y que la historia mantiene el interés en su propio plano –y esto es algo que pocos escritores han conseguido desde la publicación de Gulliver.

Por otro lado, no estamos convencidos (y estoy seguro de que ninguno de los otros directores lo estaría) de que este sea el punto de vista adecuado desde el cual criticar la situación política en este momento particular. Es sin duda el deber de cualquier casa editorial que persigue intereses y motivos distintos que la mera prosperidad comercial, publicar libros que vayan contra la corriente del momento, pero en cada caso, al menos un miembro de la casa debería tener la convicción de que se dice lo que el momento reclama. No se me ocurre razón alguna, venga de la prudencia o la precaución, para impedir a nadie que publique este libro –si cree en lo que el libro defiende.

En cuanto a mí, atribuyo mi insatisfacción con esta alegoría a que el efecto se limita a una pura negación. Debería suscitar alguna simpatía por lo que quiere el autor, así como por sus objeciones a algo. Y el lado positivo de esta perspectiva, que en general yo considero trotskista, no resulta convincente. Creo que has dividido tu apuesta sin conseguir a cambio reforzar la adhesión de ninguna de las partes –sean aquellos que critican las tendencias políticas en Rusia desde el punto de vista de un comunismo más puro, o aquellos que, desde un punto de vista muy alejado, están alarmados por el futuro de las naciones pequeñas. Después de todo, tus cerdos son de lejos más inteligentes que los demás animales y por tanto están más capacitados para dirigir la granja –de hecho, no habría existido una granja de los animales en absoluto sin ellos: de modo que lo necesario (podría aducir alguien) no era más comunismo, sino más cerdos impulsados por el civismo.

Lo siento mucho, porque quienquiera que publique este libro, tendrá, naturalmente, la posibilidad de publicar tu obra futura: y yo aprecio tu obra, porque es buena literatura que emana de una integridad fundamental.

Miss Sheldon te enviará el manuscrito en un sobre separado.

Sinceramente suyo

T.S.Elliot

 

 

No se sabe si Orwell contestó esa carta, pero dada la pequeña polémica que provocó el libro, él intentó explicarse en otra carta, esta vez dirigida a su agente, Dwight Macdonald, escrita en diciembre de 1946, poco después de la publicación de Animal Farm en Estados Unidos. A continuación, un extracto de la misma:

Me preguntas sobre Animal Farm. Cómo no, la concebí ante todo como una sátira de la revolución rusa. Pero con la intención de que su objeto fuera más amplio, en tanto yo quería afirmar que esa clase de revolución (una  revolución violenta y conspirativa, liderada por gente que inconscientemente estaba hambrienta de poder) sólo puede conducir a un intercambio de amos. La moraleja es que las revoluciones sólo producen una mejora radical cuando las masas están alerta y saben cómo deshacerse de sus líderes apenas dejan de ser imprescindibles. Se supone que el punto de inflexión de la historia tiene lugar cuando los cerdos se apropian de la leche y las manzanas. Si los demás animales hubieran tenido entonces la sensatez de echarlos entonces, todo habría salido bien.

Si la gente piensa que defiendo el statu quo, es, creo yo, porque se han educado en el pesimismo y asumen que no existe otra alternativa, fuera de la dictadura o el neoliberalismo. En el caso de los trotskistas, existe la complicación añadida de que ellos se sienten responsables de los acontecimientos que tuvieron lugar en la URSS hasta, digamos,  1926, y tienen que asumir que una súbita degeneración tuvo lugar alrededor de esa fecha.  Creo que todo el proceso era predecible, y fue, de hecho, previsto por unas pocas personas, como Bertrand Russell, por ejemplo, que lo dedujo de la naturaleza misma del partido bolchevique. Lo que yo intentaba decir era: “No se puede tener una revolución a menos que la hagas tú mismo; no existe algo así como una dictadura benevolente”.


Narrativa, Novedad

Nocturno de Portbou de Jaume Benavente ya a la venta

diciembre 17, 2013 by

Nocturno de Portbou

Ya a la venta Nocturno de Portbou.

Una novela europea. En el centro del mundo y, a la vez, periférica.